¿Ni-ni o si-si?

Interesante el artículo de El Correo sobre la generación sí-sí. Esto unido a la preocupante oferta de “vente pa’ Alemania, majo“. Seguramente me interesa encontrar un rayito de luz dentro de la situación oscura…

Me cuesta encontrar optimismo desde mi sitio de profesor de la Uni. Observo la motivación laboral que tienen la mayoría de mis alumnos y ex-alumnos recientes y a menudo veo un vacío vital relleno de valores consumistas y búsqueda del placer inmediato (no tengo nada que criticar al placer, pero no me convence la sola existencia del placer superficial sin prestar atención al placer profundo. El placer superficial me parece a menudo otra gran anestesia para evitar el dolor, el miedo, la consciencia).

Quiero creer que esta situación social que vivimos, esta crisis (durante un tiempo he evitado esta palabra para no reforzarla, pero ahora siento que es importante llamarla por su nombre, porque lo es: y no sólo económica sino mucho más amplia), es la mejor oportunidad para salir de la anestesia. Creo que es un error caer en el trabajo-lismo (he sido trabajólico una buena parte de mi vida, así que hablo con conocimiento de causa), pero me parece un error equivalente el punto contrario del trabajo-nada.

Un aspecto de encontrar gente joven (18-20-25 años) tan desmotivada, desilusionada, poco responsable con su faceta laboral, es que nos empobrece individual y socialmente. Cuando observas la energía e intensidad con la que vienen algunos becarios o estudiantes de intercambio de países del este u orientales, alucinas (sé que las comparaciones son odiosas, pero es inevitable observarlo). Aparte de mi propia experiencia, son varias decenas de charlas con contratadores locales las que ya vengo teniendo que me contrastan lo mismo: cuesta horrores encontrar a jóvenes con ganas de trabajar y responsabilidad con su trabajo. Es especialmente lamentable cuando coincide con una de las generaciones mejor formadas en la historia de este país. Y es entendible que además de la preocupación genérica se encuentra mi preocupación egoísta de saber quién pagará mi pensión, y de saber qué mundo les espera a mis hijos.

El otro aspecto que me ocupa en este post es asumir nuestra propia responsabilidad de adultos. Si nuestros hijos están tan desmotivados y su ideal es ser funcionarios (en la peor manera en la que se entiende ser funcionario, y no soy yo de los que juzga en genérico a los funcionarios: mis padres lo fueron, y en ellos no tengo más que ejemplo constructivo en lo laboral y en su exquisita responsabilidad profesional), es que algún mensaje tremendamente negativo les hemos transmitido al respecto del lugar del trabajo en la vida.

Quizás la transformación importante no es cosa sólo de los jóvenes (aunque también). Hay demasiados adultos desencantados con sus trabajos, renegando de sus jefes, desmotivados con lo que hacen. Es muy probable que la propia definición del mercado laboral en el que vivimos cause esta situación. Pero es importante coger al toro por los cuernos. Creo que es importante que seamos cocreadores de nuestro trabajo. Si mi trabajo no me satisface, si no disfruto, si no estoy a gusto, si no me siento reconocido ni recompensado… sólo asumir la responsabilidad y actuar para que eso cambie (sea en mi manera de vivirlo, en mi posibilidad de modificarlo, o en la decisión de cambiar de trabajo) hará que la enfermedad del “mercado laboral” sea curable. Probablemente eso facilitará que la generación ni-ni deje de serlo. Es necesario cambiar la concepción del trabajo, igual que están cambiando las concepciones de las relaciones, de la familia, de la mujer y del hombre…

Ponemos demasiadas veces la responsabilidad de nuestra infelicidad en los demás (el sistema, el jefe, los padres, los hijos, la pareja, la empresa, el árbitro…). Podemos hacer de este pueblo un lugar hermoso para vivir, y también para trabajar (tengan o no los alemanes un buen planteamiento). Es hora de recuperar la responsabilidad. El “emponderamiento” empieza hoy, y empieza por uno mismo.

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