Roble del norte

Roble joven, nacido en el invierno,
crecido entre el arrullo del río
y la dura prueba de un país en guerra;
tensado por la cuerda del destino:
por superviviente, victorioso.

Roble orgulloso, digno, humilde pero altivo,
sin ser el más gigante fuera alto,
fuera hermoso sin ser el más lucido,
sin tener nunca un duro fuera rico,
sin ser el más cumplidor de la doctrina, fuera bueno.

Roble maduro, lo intenso de la vida
que pasa por tu lado deja marcas indelebles
en tu ser, en tu carácter y en tu alma:
Tu pelo cano, sonrisa pálida, tu cuerpo fuerte.

Roble discreto, pasaron por tu lado
millones de historias que tú recogías,
con tu silencio aprobadas,
grabadas en tu tronco fechas e iniciales
y nunca desvelabas la historia que escondían.

Roble acogedor, juguetón y cariñoso,
dando cobijo entre tus ramas a los niños
jugando siempre en ellos y con ellos;
fiel amor de tu campa, entregado,
recibes y otorgas calor y cariño,
amando y siendo amado, queriendo, querido.

Roble alegre y generoso,
sonríes ante todo, como venga el destino,
sin guardar nunca el fruto, regalándolo entero,
esperando que el mañana en este pueblo herido
lluvia reparadora nos traiga de nuevo.

Roble viejo, los años de la vida
no pasan sin sentido.
Arrugas en tu cara, que marcan tu corteza
y arrancan a jirones salud, conciencia y tino.
Tú fuerte como siempre,
apretando los dientes renuncias a rendirte
y te aferras a tu bosque, hogar sentido.

Un buen día de invierno
(ochenta años pasaban)
el viento hecho huracán,
el aire se hizo hacha
y el tronco se hizo añicos,
la savia a borbotones
brotando del anillo.

Tus hojas ahora pueblan caminos y callejas,
los campos alimentan
y el verde de su brillo es la naturaleza
del campo soleado, en la mañana limpia
de un día sosegado de una nueva y larga primavera.

Tu tronco ahora es madera
conversa en la tarima de salas y salones,
pasillos y desvanes, cuartos de los amantes
que encima de ella acaban, y que con ella empiezan.
Tus astillas se queman en todas las calderas
que calan las cabañas de una templada ola
de calor de hogar, brisa almizcleña.

Tus raices permanecen.
Tan firmes como siempre, hundidas en la tierra,
extensas, cual lazos infinitos,
mezcladas con las piedras.
Albergando ardillas y ofreciendo asiento.
Tus raices, firmes, esperándonos como siempre,
raices de roble del norte,
sonriéndonos sin miedo ni desatino
en un bosque de Zeanuri,
semienterradas en el suelo
en medio de los susurros de los pinos.

[A  Antonio… Toñito… Toñín. Diciembre de 2003.
Gracias por todo, papá.
A ti, el Eguíluz antes que yo, te honra este blog.]

Esta entrada fue publicada en Personal (Andoni). Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta